
El escándalo causado por las bromas del presidente Trump sobre convertir a Venezuela en el estado 51 provocó un revuelo difícil de entender. Es evidente que Trump suele utilizar declaraciones provocadoras para dominar el ciclo informativo, y con frecuencia lo consigue. También es evidente que resulta extremadamente improbable que una mayoría de venezolanos se organice para solicitar formalmente a Estados Unidos la incorporación del país como miembro de la Unión.
Sin embargo, la reacción generada por ese debate reveló algo más profundo. Vimos a muchos venezolanos —incluso a algunos que emigraron huyendo de la crisis— insultar a quienes afirman que cualquier alternativa es preferible antes que seguir viviendo bajo el modelo que destruyó al país. Al hacerlo, ignoraron o minimizaron deliberadamente la verdadera razón por la cual algunos llegarían al extremo de contemplar la renuncia a la soberanía.
El origen del temor
Antes de continuar, debo aclarar algo: desde el punto de vista académico no siento una animadversión automática hacia todas las ideas identificadas como de izquierda. Lo que sí he desarrollado es un profundo temor a que, después de una eventual transición democrática, Venezuela vuelva a caer en la tentación de aplicar políticas económicas y sociales basadas en la intervención excesiva del Estado.
El peligro de los dogmas transversales
Un control de precios es perjudicial independientemente de quién lo implemente. Endeudarse para sostener estructuras estatales sobredimensionadas es insostenible sin importar el signo ideológico del gobierno. Castigar la inversión privada con cargas excesivas termina reduciendo la producción, el empleo y las oportunidades para todos. Los principios económicos no cambian según el partido que los aplique. Por eso, más allá de los nombres propios, Venezuela necesita un cambio profundo de modelo económico y social.
Hoy, el liderazgo opositor, encarnado en figuras como María Corina Machado, enfrenta la posibilidad de guiar una eventual transición democrática. Si ese momento llega, la tarea más difícil no será desplazar al modelo actual, sino convencer a millones de venezolanos de que vale la pena volver a apostar por el país.
¿Por qué?
- Porque el éxito de cualquier gobierno de reconstrucción dependerá de su capacidad para aplicar ideas que durante décadas han sido demonizadas en el debate público.
- Y porque —por increíble que parezca— en Venezuela existe la creencia, ampliamente extendida entre sectores políticos e intelectuales, de que el fracaso del chavismo no fue consecuencia de las ideas intervencionistas, sino de una mala aplicación de ellas. Según esta visión, el problema no fue el modelo, sino sus ejecutores.
Así que existen las condiciones para que un nuevo gobierno, cargado de buenas intenciones, replique el modelo que causó el desastre. Esto genera temor en muchos venezolanos. Y ese temor hace que volver a apostar por el país requiera de un ejercicio de fe casi religioso.
No dudo de las buenas intenciones de quienes sostienen esa posición. Sin embargo, las buenas intenciones no protegen a una sociedad de los malos resultados.
El costo de las reformas urgentes
Después de más de dos décadas de colapso económico, destrucción institucional y empobrecimiento masivo, el país necesita discutir con honestidad reformas estructurales que probablemente no serán populares. El camino requiere firmeza:
- Reducir drásticamente el tamaño y el gasto del Estado.
- Modernizar la legislación laboral para estimular la creación de empleo formal.
- Sincerar las promesas y compromisos financieros que resulten imposibles de sostener.
- Privatizar las empresas estatales que solo generan pérdidas e ineficiencia.
- Construir una moneda estable y protegida de la manipulación política.
- Prohibir por completo los controles de precios como instrumento económico.
Estas medidas generarán resistencia; es natural. Pero ignorar los problemas por miedo al costo político no hará que desaparezcan. Hay que desmontar las estructuras económicas heredadas de la revolución y sustituirlas por instituciones que promuevan la inversión, la productividad y la libertad económica. No se trata de imponer una utopía de mercado ni de eliminar por completo el papel del Estado. Se trata de construir un modelo realista que permita crecer, producir riqueza y ofrecer oportunidades a las nuevas generaciones.
Y aquí surge la pregunta de fondo: ¿qué estamos defendiendo exactamente cuando hablamos de soberanía?
El verdadero rostro de la soberanía
La soberanía nacional es valiosa. Forma parte de la identidad de un pueblo y de su derecho a decidir su destino. Pero una soberanía vacía, incapaz de garantizar oportunidades, bienestar y libertad a sus ciudadanos, termina perdiendo buena parte de su significado práctico.
Por eso la discusión sobre el supuesto “estado 51” resulta interesante. No porque sea una posibilidad realista, sino porque obliga a formular una pregunta incómoda: ¿por qué algunos venezolanos llegan siquiera a contemplar una idea semejante?
La respuesta no está en una falta de patriotismo. Está en el miedo. El miedo a repetir los mismos errores. Miedo a perder otra generación atrapada entre discursos grandilocuentes y resultados desastrosos. Y miedo a que, tras tanto sacrificio, el país vuelva a elegir un camino que ya conoce demasiado bien.
No temo por la soberanía venezolana. Temo por la posibilidad de que Venezuela vuelva a confundir buenas intenciones con buenas políticas. El verdadero debate no debería ser si seríamos o no un hipotético estado 51, sino si estamos dispuestos a construir una república donde la libertad económica deje de ser vista como una amenaza y empiece a ser entendida como una condición indispensable para la prosperidad.
Porque al final, una nación fuerte no es aquella que simplemente conserva sus fronteras. Es aquella donde sus ciudadanos pueden desarrollar sus proyectos de vida con libertad, dignidad y esperanza.
Saverio Vivas es licenciado en Ciencias Náuticas, Alférez de Navío (Reserva) de la Armada y Oficial de la Marina Mercante. Cuenta con más de 20 años de trayectoria como activista político y social en los sectores populares de Caracas. Actualmente, es miembro del Centro de Estudios Estratégicos Democracia e Inclusión (CEEDI).Contacto: gladmar@gmail.com
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