
El comentario: «Profesor, para entender la compleja política en Iberoamérica debemos comprender los desaciertos de España», encendió un explosivo debate con un apreciado colega, profesor de una universidad española. Él me contestó: «El punto es que España no existe como nación porque somos diferentes y tenemos una tremenda dificultad para asumir un proyecto nacional unitario. En 1936 se hizo más que evidente, pero esto venía fraguándose desde mucho antes. Cualquiera en España te lo diría: los españoles somos el Duelo a garrotazos (1819-1823)», refiriéndose a una de las famosas Pinturas negras de Francisco de Goya.
Muy básicamente, la obra retrata a dos hombres dándose golpes con saña en medio de un paisaje desolado. No hay público ni un motivo claro a la vista; solo una violencia ciega, recíproca y destructiva. Si analizamos social y políticamente la incapacidad de España para consolidar una identidad nacional compartida antes de la Guerra Civil —pero además sin intención actual de superar las secuelas de ese conflicto ni mucho menos la figura de Franco—, la obra cobra un sentido absoluto. Es un combate, un duelo entre hermanos. Políticamente, el siglo XIX y el inicio del XX en España no se caracterizaron por la construcción de un patriotismo integrador, sino por la polarización absoluta entre dos visiones irreconciliables del país, las llamadas «Dos Españas». A grandes rasgos, el panorama se dividía así:
- La España tradicionalista y monárquica: Vinculada primero al absolutismo, después al carlismo y, finalmente, al conservadurismo católico y militar. Para este sector, «ser español» exigía la uniformidad lingüística, la sumisión a la Iglesia y un centralismo férreo controlado desde Madrid.
- La España reformista, liberal y secular: Que transitó desde los «afrancesados» e ilustrados del siglo XIX hasta los republicanos, socialistas y anarquistas del siglo XX. Este sector veía a la tradición conservadora como el lastre que impedía a España modernizarse y equipararse con el resto de Europa.
Al igual que los personajes de Goya, ambas facciones se percibían mutuamente como amenazas existenciales. El adversario político no era un competidor en el marco democrático, sino un enemigo herético o fascista al que era imperativo extirpar del cuerpo de la nación.
Ante esto, le dije a mi amigo: «Es sumamente peligroso el hecho de que la sociedad y el Estado sean incapaces de articular una narrativa nacional compartida y pacífica». Esto no es un mero dilema de identidad; proyecta riesgos severos sobre la estabilidad social y política. A esto me refería cuando me adentré en este artículo para analizar la política española bajo la metáfora del Duelo a garrotazos:
Un juego de suma cero
En el cuadro de Goya, ninguno de los dos contendientes puede ganar; el golpe de uno recibe una respuesta igual de violenta. El riesgo político inherente a esta dinámica es la parálisis institucional crónica. Cuando la política se convierte en un debate identitario sobre la existencia misma del Estado, la gestión de lo público (economía, sanidad, educación) pasa a un segundo plano. La polarización impide alcanzar pactos de Estado duraderos, pues cualquier concesión al rival es catalogada inmediatamente como una «traición».
La vulnerabilidad exterior
Un país ensimismado en su propio conflicto de identidad es sumamente frágil en el plano internacional. Históricamente, las potencias extranjeras han sabido que las tensiones territoriales y civiles son el talón de Aquiles de España (como ocurrió durante las guerras napoleónicas o la intervención extranjera en la propia Guerra Civil). En la geopolítica moderna, las grietas identitarias facilitan los ataques de desinformación destinados a erosionar la estabilidad interna del Estado y su peso en bloques multilaterales como la Unión Europea.
La quiebra de la solidaridad interregional (Desconexión emocional)
Cuando los ciudadanos de distintas regiones no se reconocen como partícipes de un mismo destino o proyecto vital, los pilares de la cohesión social —como la redistribución fiscal y los fondos de solidaridad— comienzan a percibirse como un agravio o una imposición injusta. El riesgo a largo plazo es una desconexión emocional que transforma al Estado en una fría estructura administrativa, propensa a crisis de legitimidad recurrentes.
El triste ejemplo de Goya advierte que cuando una sociedad sustituye el diálogo institucional y el reconocimiento de la pluralidad por la imposición y la fuerza, queda atrapada en el barro de su propia intolerancia. Queda condenada a un combate donde la única certeza es que ambos bandos terminarán desangrados. Mi sugerencia para mi amigo español —planteada con mucho respeto— es que España requiere una profunda revisión. Lo que hoy es ese país ha sufrido en su desarrollo un riquísimo proceso de mestizaje provocado por ocupaciones y conquistas de cartagineses, romanos, francos, germanos, visigodos, musulmanes y las tropas de Bonaparte, por nombrar solo algunos.
Por supuesto: ¡El milagro del fútbol español!
Toda discusión intelectual debe dejar una propuesta. El profesor me decía: «Alguna costumbre buena, fuera de pelearnos entre nosotros, debemos tener». Yo le respondí: «Bueno, el papa y el fútbol». Como la izquierda en general no simpatiza con el papa, se decidió —de manera poco democrática— que fuera el fútbol el encargado de calmar las tensiones políticas, tal como ha funcionado en varios países.
En resumen, el profesor comentaba que, efectivamente, España necesita reconocer este punto, pulirlo y profundizar en él para evitar ser un país habitualmente ocupado en la diaria tarea de dividirse entre monárquicos y republicanos, centralistas y autonomistas, o partidarios de la tortilla con o sin cebolla. Necesita suspender sus odios ancestrales por lo menos durante exactamente noventa minutos.
Él concluía que es un sueño observar cómo ochenta identidades nacionales irreconciliables —que por la mañana no se pondrían de acuerdo ni en el color del cielo— se funden de pronto en un solo y ensordecedor rugido cuando un señor en calzones empuja un balón al fondo de la red. ¡Y listo! Llega un instante místico y efímero de fraternidad universal donde el más ferviente independentista y el patriota más rancio olvidan el árbol genealógico del prójimo para abrazarse llorando. Así se demuestra que lo único capaz de vertebrar a España no es la Constitución ni la historia común, sino la imperiosa necesidad compartida de gritarle un ¡gol en la cara al resto del planeta!




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