Bad Bunny

De odiar a Bad Bunny a defenderlo: confesiones de un hispanohablante converso

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Tengo corazón de artista y amo el español como elemento integrador de los pueblos hispanoamericanos. Tal vez por eso nunca sentí simpatía por el género del reguetón. Me costaba disfrutar letras que, a mi juicio, maltratan la lengua que tanto quiero. Y entre todos los intérpretes de ese estilo, ninguno me causaba más rechazo que Bad Bunny.

Mi primer encuentro con su “arte” fue hace años, cuando escuché a un adolescente cantar en el metro: “los malandros quieren crispy, y las putas flush, flush.” No fue una experiencia agradable, lo confieso. Aun así, me sorprendía el magnetismo que ese muchacho, Benito Martínez, ejercía sobre los jóvenes. Con el tiempo supe que no era solo un rapero cantante, sino un fenómeno cultural que trascendía la música.

Recuerdo haberme asombrado cuando supe que había sido invitado como ponente a Harvard. Una invitación envidiable. Podía no gustarme su arte, pero él, con todas sus limitaciones, había trascendido. Luego ganó el premio a mejor compositor latinoamericano, generando malestar entre músicos más “académicos”.

No fueron tres ni veinte las veces que debatí con mi hija —estudiante de artes— sobre este tal Bad Bunny. Y desde mis redes, no ahorré críticas ni ironías. Cuando veía a un coach de canto destrozarlo, me divertía. Mientras yo me recreaba en la satisfacción de los haters (odiadores, como dicen en inglés), el rapero seguía acumulando éxitos. Pese a sus enormes limitaciones vocales, Benito se convertía en el artista más escuchado del planeta en Spotify.

Para colmo, el “endemoniado Benito” empezó a sacar canciones que —¡dioses!— me encantaban. Terminaba cantándolas con mi hija, reconociendo a regañadientes: “bueno, al menos esta es buena y entiendo lo que dice.” En 2025, al leer que sería invitado al Super Bowl, corrí, como buen odiador, a criticarlo otra vez:

“¡Qué vergüenza! Invitar a este tipo que ni sabe hablar español.”

No recuerdo qué otras cosas duras escribí. Pero después lo vi en Saturday Night Live, hablando en español y diciendo que quería abrir puertas. Más tarde leí una nota de Billboard que terminó por derrumbar mis prejuicios.

La periodista —una joven de origen hispano (o latino como erróneamente dicen muchos)— decía que el debate sobre Bad Bunny nunca fue realmente político, ni siquiera musical:

“El problema con Bad Bunny no es lo que dice, sino en qué idioma lo dice. Su pecado es hablar español y no pedir disculpas por ello.”

Y tenía razón. Benito puede no ser Cervantes, pero canta en español. No traduce sus letras al inglés para complacer al público estadounidense. Les da a los angloparlantes una pequeña dosis de lo que los hispanos hemos vivido por décadas: disfrutar canciones sin entenderlas del todo.

Yo no sé exactamente qué dice Michael Jackson en muchas de sus letras, ni siempre entiendo a Madonna o a Metallica. Y aun así los amo. ¿Por qué, entonces, los estadounidenses no pueden disfrutar de la música en español, aunque no comprendan cada palabra?

Esa es la grandeza de Bad Bunny. Aunque no sea un virtuoso, se ha convertido en la bandera de nuestro idioma. Y joder, eso para mí es inmensamente valioso. Porque seamos sinceros: Dimash es un prodigio vocal, pero no tiene el impacto que ha logrado Benito.

Oh, dioses… ya parezco fan de Bad Bunny. Pero sí, me confieso. El tipo me cae bien. Porque más mérito tiene el que, con pocas herramientas, logra lo que un genio no consiguió.
Bad Bunny no es Mozart, pero a su manera es un genio: de las ventas, de la autogestión, de convertir lo simple en símbolo. El genio que transformó a odiadores como yo en sus sinceros admiradores.

Hoy quiero verlo triunfar en el Super Bowl. Quiero ver a miles de estadounidenses bailando canciones que no entienden, divirtiéndose como yo lo hago con un angloparlante cantando “Wachi-Wachi.”

Y no es casualidad: en el X Congreso Internacional de la Lengua Española, los académicos lo mencionaron entre los principales defensores del idioma español en el mundo.
Fuerza, Benito. Los hispanos del mundo te apoyamos.

Dedicado a Benito: Bad Bunny.

(No espero conocerlo, solo espero que siga siendo él)

Este artículo de opinión puede ser reproducido libremente si se da crédito al autor y al medio.

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