
Para la democracia, pensada en su más exacto y real sentido, el desarrollo nacional es una variable de la relación que debe y puede establecerse entre universidad y democracia.
La diatriba que deriva de la crisis política que afecta la institucionalidad que suscriben las realidades sociales, mueve a interesantes reflexiones.
Una de ellas, toca la educación. en particular a la Universidad “autónoma”. Particularmente, debido a que ésta no puede ser pensada a desdén de un sistema político distinto al democrático.
Es así como esta disertación intenta establecerse en torno a los principios deontológicos que encumbran la relación educación-democracia.
Aunque por la brevedad periodística y la singularidad del tema “universidad”, estas líneas dedicarán su atención al problema que afecta la Universidad en su relación con el sistema político democrático.
De manera que vale iniciar estos trazos dando cuenta de lo que su contexto expone. Cabe pues referir lo que la Ley de Universidades 1970, plantea. A dicho respecto, señala que “la enseñanza universitaria se inspirará en un definido espíritu de democracia”.
Sin embargo, la realidad refleja cuadros que contradicen tan vital condición. No tanto por lo que significa la democracia a extramuros.
Sino por lo que traduce a intramuros cuando la delegación de autoridad es confundida con la dominación a expensa del poder que se arroga todo directivo universitario cuando actúa alevosamente.
Un problema poco atendido
Esto si bien es preocupante, obliga a considerar la concepción de “autonomía universitaria” y de “libertad académica” como valores.
Asimismo, como criterios que orientan la funcionalidad académica. No obstante, es bien sabido que la praxis muchas veces se divorcia de la teoría.
Más aún, del discurso que vociferan quienes buscan con la retórica conquistar voluntades esculpidas por el codicioso llamado del poder.
Y aunque suena raro, la Universidad, especialmente la institución universitaria autónoma. No es excepción alguna para convertirse en terreno que permite ensayar posiciones de poder. Así, se habla de dos universidades: la universidad “que busca la verdad” y la universidad “que obra la mentira”.
Esa primera Universidad tiene múltiples razones para hablarle al país en nombre del saber que ha cultivado en aulas y laboratorios, centros de investigación y labores de extensión.
Asimismo, para coadyuvar en la solución de problemas nacionales, regionales y locales pues cuando se discute la transformación del país, hay que aludir al papel de la Universidad.
Pero no sólo porque nació antes de la República. Sino porque en ella, pese a sus problemas, se incita la tolerancia, la libertad y la pluralidad como formas básicas a partir de las cuales es posible debatir el conocimiento toda vez que por su causa se hace posible la búsqueda de la verdad. Por consiguiente, desde la Universidad puede impulsarse la construcción y consolidación de la democracia.
Al cierre
Sin democracia no puede haber o existir Universidad. Sobre todo, Universidad comprendida como “la Casa que vence las sombras” por cuanto en su esencia se forja la necesidad de criticar para orientar y edificar razones que alienten la reunión de capacidades, voluntades y hasta de sentimientos que justifican el que sea una “comunidad de intereses espirituales”.
Básicamente, porque para la democracia, pensada en su más exacto y real sentido, el desarrollo nacional es una variable de la relación que debe y puede establecerse entre universidad y democracia.
Aunque, del otro lado se sitúa la universidad “que obra la mentira”. Sin embargo, habida cuenta de lo que de ella se conoce en cuanto a su ejercicio laboral y tramas a la cual (en encubierto) pliega su actividad, siempre habrá que destacar (a todas luces) que la educación no debe ser impartida sino fundamentando sus principios en lo que concreta la relación cardinal entre educación y democracia.
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