
Este 8 de marzo, mientras el mundo conmemora los avances y desafíos del género, en Venezuela la fecha adquiere una dimensión de resistencia profunda.
En un contexto de adversidad política y crisis institucional. Un grupo de mujeres ha emergido no solo como acompañantes, sino como los pilares fundamentales de la defensa de los derechos humanos.
Ellas han transformado el dolor del hogar en una herramienta de denuncia pública que hoy trasciende fronteras.
Para estas ciudadanas, la labor cotidiana no consiste en celebraciones, sino en recorrer pasillos de tribunales y organismos internacionales. Su misión es clara:
Visibilizar la persecución que sufren sus seres queridos. Ninguna aceptó el silencio como opción. Al contrario, se han convertido en las cronistas de las fallas del sistema penal y de la situación real en los centros de reclusión.
El legado de las mujeres valientes: Primera línea de defensa
La labor de estas figuras constituye el escudo principal contra la desaparición forzada y la detención arbitraria.
Ellas demuestran que la solidaridad femenina es el motor de la resistencia civil en los momentos más oscuros del país.
A través del Comité por la Libertad de los Presos Políticos, plataformas digitales y/o foros ciudadanos, educan a la población sobre la contraloría social y legal, anteponiendo la justicia a su propia seguridad.
La reconstrucción de la democracia venezolana necesita el ejemplo de estas heroínas. Ellas representan a miles de mujeres que hoy padecen los efectos de una crisis política persistente.
Este reportaje presenta solo alguno de los rostros de la “Resistencia Femenina en Venezuela”, seis historias de valentía inquebrantable, pero faltan muchas más.
María Teresa Navas: Ochenta y dos años de fe frente al abismo del silencio
María Teresa Navas no se dobla por el peso de la edad, sino por la carga de una incertidumbre que le fue impuesta por la fuerza.
Su vida se fracturó el 1 de enero de 2025 en que su hijo, Víctor Hugo Quero Navas, fue víctima de una desaparición forzada.
Desde entonces, el tiempo para ella dejó de medirse en calendarios y comenzó a contarse en pasos. Los mismos que ha dado recorriendo los fríos pasillos de morgues, hospitales y comandos policiales del país.
Ella personifica el rostro más desgarrador de la crisis venezolana: el de los familiares de los desaparecidos. Su caso no es solo una búsqueda individual, sino una lucha contra un sistema que parece intentar borrar la existencia misma de las víctimas.
Sin una fe de vida, sin una orden judicial clara y sin una respuesta oficial por parte de las instituciones. Esta madre octogenaria se ha convertido en una investigadora de campo por necesidad y en una activista de derechos humanos por dolor.
Su caminar por las sedes de los de los centros de detención, de los organismos de inteligencia no es solo una gestión administrativa; es un acto de rebeldía contra el olvido.

Andreína Baduel y la Resistencia de una Estirpe
Andreína Baduel no solo porta ese nombre; lo ha convertido en un estandarte de resistencia civil.
Su vida, marcada por la pérdida y el asedio, se resume en una misión inquebrantable: evitar que su hermano, Josnar Adolfo Baduel, corra la misma suerte que su padre.
La tragedia de Andreína tiene un punto de inflexión imborrable: octubre de 2021. En esa fecha, su padre, el General Raúl Isaías Baduel —quien fuera una figura clave en la política venezolana y luego el preso político más emblemático— falleció bajo custodia del Estado en circunstancias que la familia y organismos internacionales aún cuestionan.
Desde entonces, Andreína ha transformado su luto en una fuerza movilizadora.
Josnar Adolfo Baduel fue detenido tras la denominada “Operación Gedeón”. Sin embargo, Andreína y diversas ONG de derechos humanos sostienen que el trato hacia él trasciende lo judicial. Denuncian que Josnar es víctima de un ensañamiento familiar por motivos ideológicos, una suerte de castigo extendido por el apellido que porta.
Andreína ha sido la voz que rompe el silencio sobre lo que ocurre tras las rejas del SEBIN. Sus denuncias son precisas y desgarradoras: Aislamiento, torturas sistemáticas y deterioro de la salud.
A pesar del hostigamiento, su labor como gestora ante organismos internacionales y la Corte Penal Internacional la posiciona como la voz de las familias venezolanas que sacrifican su vida personal para enfrentar el sistema penitenciario político y exigir el cese del calvario que sufren los prisioneros de conciencia.

Sairam Rivas: La resiliencia de una generación que no se dejó quebrar
La trayectoria de Sairam Rivas está marcada por el fuego de la persecución política temprana.
En mayo de 2014, siendo presidenta del Centro de Estudiantes de la Escuela de Trabajo Social de la Universidad Central de Venezuela (UCV), fue detenida durante el desmantelamiento de los campamentos de protesta en Caracas.
Pasó cuatro meses recluida en la sede del SEBIN, una experiencia que le otorgó una comprensión profunda y dolorosa de las entrañas del sistema penitenciario y judicial venezolano.
Esta etapa definió su carácter. Sairam no solo salió de prisión con el título de trabajadora social, sino con la convicción de que la defensa de la libertad es una carrera de resistencia.
En la actualidad, su rol ha adquirido nuevas dimensiones ante el asedio directo a su hogar. Su pareja, el dirigente político Jesús Armas, también fue víctima de una detención arbitraria y hace apenas unos meses fue excarcelado, lo que obligó a Sairam a revivir el calvario del sistema carcelario, esta vez desde el rol de familiar y defensora externa. En Venezuela, la persecución no solo recae sobre el actor político, sino que se extiende como una sombra sobre su núcleo más cercano.

Martha Cambero: La armadura de una familia bajo el asedio del Estado
En la lucha por la libertad en Venezuela, el nombre de Martha Cambero resuena como un testimonio de resistencia civil frente a la táctica del terror doméstico.
Como esposa del comunicador social y politólogo Nicmer Evans, Martha no solo ha sido testigo de la persecución política; ha sido el blanco directo de un sistema que busca quebrar al disidente a través del sufrimiento de su núcleo más íntimo.
La tragedia de la familia Evans-Cambero alcanzó niveles de crueldad extrema durante las dos detenciones arbitrarias sufridas por Nicmer. El asedio no se limitó a las rejas de una celda; se trasladó al espacio sagrado del hogar.
Martha enfrentó allanamientos violentos donde su vivienda fue literalmente despojada de sus pertenencias, en lo que ella describe como un acto de “robo institucionalizado” destinado a la asfixia económica y emocional.
Sin embargo, la cicatriz más profunda de este proceso fue el interrogatorio ilegal de su hijo menor, quien con apenas 6 años de edad fue sometido a la presión de los cuerpos represores de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (DGCIM) en el año 2020. Este acto, denunciado como una violación flagrante a los derechos del niño, ocasionó daños psicológicos irreparables que Martha ha tenido que sanar con una entereza que desafía cualquier lógica del miedo.
Martha Cambero no se dejó amilanar por el despojo material ni por el trauma familiar. Al contrario, asumió un rol de gestora activa ante organismos internacionales, convirtiéndose en una voz técnica y cívica que denunció las irregularidades procesales sin rastro de temor.
Su labor fue fundamental para elevar el caso de su esposo ante instancias de derechos humanos, demostrando que la dignidad no se puede allanar.
Su figura destaca la“tortura blanca” o presión psicológica que ejerció el régimen de Nicolás Maduro sobre las esposas de los disidentes. Martha personifica a la mujer venezolana que, tras ser golpeada en lo más profundo —su hogar y su hijo—, se levanta con una firmeza cívica inquebrantable para exigir justicia y el cese de la persecución política.

Francis Fernández: La guardiana de la voz de los vecinos frente al silencio forzado
En las calles de la parroquia La Candelaria, el nombre de Carlos Julio Rojas es sinónimo de periodismo, contraloría social y defensa vecinal. Sin embargo, detrás de esa labor de denuncia contra el colapso de los servicios públicos, se encuentra la figura de Francis Fernández, su esposa, quien tuvo que convertir su vida en una trinchera para defender el derecho a la información y la protesta pacífica en Venezuela.
La historia de Francis está marcada por el ciclo de persecución que el Estado ha dirigido contra Carlos Julio, cuya única arma ha sido un megáfono y el apoyo de los vecinos de Caracas. La detención más devastadora ha sido la última: dos años de encierro en las celdas de El Helicoide, la sede del SEBIN, bajo condiciones que Francis ha denunciado como arbitrarias e inhumanas.
Ella enfrenta la criminalización sistemática de una labor que cualquier democracia protegería: denunciar botes de agua, cortes eléctricos o la inseguridad.
Para Francis, el encarcelamiento de su esposo no es solo un ataque a su familia, sino un intento de silenciar a toda una comunidad que veía en él a un vocero valiente.
A pesar del desgaste que implica mantener la logística de supervivencia para un preso político durante dos años, Francis Fernández lideró las campañas por su libertad con una claridad política admirable. Su mensaje trasciende el ámbito personal; ella sostiene la bandera de que informar y manifestar no son delitos, sino pilares fundamentales de la ciudadanía.

Adriana Briceño: La centinela de la justicia frente a la sombra del olvido
En el complejo laberinto del sistema penitenciario venezolano, el nombre de Ángel Godoy habría pasado como una cifra más sin la determinación de su esposa, Adriana Briceño. Como presidente del movimiento político Democracia e Inclusión (MDI), Godoy fue víctima de una desaparición forzosa inicial que luego derivó en una detención arbitraria de un año en la cárcel de Yare II, un recinto marcado por el hacinamiento y la precariedad.
La detención de Godoy representa la persecución contra el pensamiento político organizado y la propuesta de inclusión democrática. Adriana tuvo que navegar un sistema penal que utiliza la burocracia como una forma de tortura prolongada, ignorando sistemáticamente los tiempos legales y las garantías mínimas del debido proceso. Su lucha comenzó desde la angustia del desconocimiento del paradero de su esposo, enfrentando el silencio de las autoridades durante los días más críticos de su desaparición.
Dentro de los muros de Yare II, Adriana Briceño se convirtió en la voz de Ángel. Su labor se centró en un objetivo vital: evitar que el nombre de su esposo fuera devorado por el olvido institucional. Adriana ha denunciado incansablemente las condiciones de reclusión, exigiendo atención médica y el respeto de los derechos fundamentales.
Ella simboliza a las parejas de los líderes políticos que, sin ocupar un cargo público, asumen el liderazgo de la resistencia humanitaria.
Su rol fue fundamental para visibilizar que detrás de cada dirigente detenido hay una familia que debe gestionar la supervivencia física y legal del preso en entornos de extrema hostilidad. En este Día Internacional de la Mujer, Adriana personifica la tenacidad de quien no permite que la injusticia se convierta en una rutina aceptada.

Venezuela tiene, sin duda, rostro de mujer valiente
En este Día Internacional de la Mujer, desde Punto de Corte honramos a quienes transformaron la persecución en una cátedra de civismo y dignidad. María Teresa, Francis, Sairam, Martha, Andreína y Adriana son hoy los rostros visibles de esta lucha, pero ellas representan apenas una fracción de un movimiento mucho más vasto.
Detrás de estas historias, existen cientos de madres, esposas, hermanas e hijas que, desde el anonimato y en cada rincón del país, enfrentan el mismo asedio, recorren los mismos tribunales y sostienen la misma esperanza.
Ellas son, en su conjunto, la primera línea de defensa de los derechos humanos y el motor de una sociedad que se resiste a la oscuridad.
Su lucha no es solo por sus propios esposos, hijos o hermanos; es la batalla colectiva por un país donde amar a la familia y defender la libertad deje de ser, de una vez por todas, un motivo de cárcel.
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