
Beirut, Líbano. 30 de noviembre de 2025.- Bajo un cielo nublado que parecía contener la respiración de todo un pueblo herido, el Papa León XIV pisó por primera vez suelo libanés. Era el domingo por la tarde, y el Airbus A320neo de ITA Airways descendía suavemente hacia el Aeropuerto Internacional de Beirut, trayendo no solo al sucesor de Pedro, sino un mensaje urgente de esperanza en un país que ha visto demasiadas lágrimas. Este no era un viaje cualquiera: marcaba la segunda etapa de su primer periplo apostólico, tras una emotiva visita a Turquía, y se convertía en un gesto valiente hacia una nación asediada por la crisis económica, las secuelas de la explosión portuaria de 2020 y los ecos de un conflicto con Israel que aún retumba en el sur.
León XIV, el primer pontífice estadounidense de la historia –nacido en Chicago y con raíces peruanas–, aterrizó a las 15:45 hora local, recibido con honores militares que resonaron como un trueno en el aire cargado de tensión. El presidente Joseph Aoun, junto a su esposa Nehmat Nehmeh y una delegación de líderes religiosos, aguardaba en la pista. Salvas de cañón y sirenas del puerto de Beirut saludaron al Papa, mientras miles de libaneses se congregaban en las calles, agitando banderas vaticanas y libanesas. “¡Bienvenido, padre de la paz!”, gritaban, en una mezcla de árabe y francés que reflejaba el mosaico cultural de este “País de los Cedros”.
El lema del viaje
El viaje, bautizado con el lema “Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo”, había comenzado cuatro días antes en Roma, el 27 de noviembre, con destino a Turquía. Allí, León XIV conmemoró los 1.700 años del Primer Concilio de Nicea, un hito ecuménico que reunió a obispos de Oriente y Occidente en la antigua Íznik. Encuentros con el presidente Recep Tayyip Erdoğan, una visita a la Mezquita Azul en Estambul y un almuerzo con el Patriarca Ecuménico Bartolomé I forjaron la primera parte de esta odisea. Pero Líbano, un destino pendiente del fallecido Papa Francisco, era el corazón palpitante de la gira: un llamado a la unidad en un Oriente Medio fracturado, donde los cristianos –hasta un 40% de la población– se enfrentan a la emigración masiva y la inestabilidad.
La Bienvenida: Un Abrazo Colectivo en el Palacio Presidencial
Desde el aeropuerto, el convoy papal –protegido por un escuadrón de vehículos blindados y helicópteros– se dirigió al Palacio de Baabda, la residencia presidencial en las colinas de Beirut. Bajo un sol tímido que se filtraba entre las nubes, León XIV descendió del papamóvil para plantar el “Cedro de la Amistad”, un gesto simbólico que evocaba la resiliencia del Líbano, cuya bandera lleva el cedro como emblema de eternidad. “En este árbol veo el futuro de esta nación: raíces profundas en la fe, ramas que se extienden hacia la paz”, declaró el Papa en su primer discurso oficial, ante Aoun, el presidente de la Asamblea Nacional Nabih Berri y el primer ministro Nawaf Salam.
El encuentro fue breve pero cargado de emoción. Aoun, visiblemente conmovido, agradeció al Pontífice por “confiar a Líbano el mensaje de paz en un mundo que lo necesita más que nunca”. León XIV, con su estilo sereno y reflexivo –distinto al carisma espontáneo de Francisco–, respondió con un llamado directo: “Antepongamos la paz a todo lo demás. Sean artífices de reconciliación en estas circunstancias conflictivas e inciertas”. No mencionó explícitamente a Israel ni a Hezbolá, pero el subtexto era claro: una semana antes, un ataque aéreo israelí en Beirut había cobrado la vida de un alto mando de Hezbolá, avivando temores de escalada pese al frágil alto el fuego de hace un año.
Días de Oración y Diálogo: Del Santuario Maronita a las Calles de Beirut
La agenda libanesa de León XIV fue un torbellino de gestos pastorales y ecuménicos, diseñados para abrazar a una comunidad cristiana diversa –maronitas, melquitas, sirios ortodoxos– que resiste como un faro en la tormenta. El lunes 1 de diciembre, un arcoíris espectacular se dibujó sobre el Puerto de Beirut al amanecer, como un presagio divino que el Papa interpretó como “señal de alianza entre Dios y la humanidad herida”.
Su primera parada fue el Santuario de Nuestra Señora del Líbano en Harissa, un balcón con vistas al Mediterráneo donde miles de fieles lo ovacionaron espontáneamente. Allí, presentó una “Rosa de Oro” a la Virgen, un honor reservado para los santuarios más queridos, y se reunió con obispos, sacerdotes y jóvenes. Una niña de ojos brillantes le mostró un rosario que él mismo le había regalado, un momento capturado en fotos que se viralizaron como símbolo de inocencia renovada. “Ustedes, los jóvenes, son el cedro que no se quiebra”, les dijo, instándolos a no emigrar, sino a “construir puentes donde otros ven muros”.
Visitó la tumba de San Charbel
Por la tarde, el Papa visitó el Monasterio de San Marón en Annaya, hogar de la tumba de San Charbel Makhlouf, el ermitaño libanés canonizado en 1977. León XIV se convirtió en el primer pontífice en rezar ante sus restos, arrodillándose en silencio durante minutos que parecieron eternos. “En su simplicidad encontramos la fuerza para sanar las divisiones”, reflexionó, mientras monjes maronitas entonaban himnos en siríaco, el dialecto del arameo que Jesús habló.
El martes, día culminante, fue para el diálogo interreligioso y la memoria. En Bkerké, sede patriarcal maronita, un encuentro ecuménico reunió a líderes musulmanes y cristianos, recordando el Concilio de Nicea como base de la fe compartida. Luego, el Papa se dirigió al Hospital de la Croix en Jal el Dib, donde consoló a pacientes y personal, muchos de ellos víctimas de la crisis económica que ha colapsado el sistema de salud libanés. “La caridad no es limosna; es justicia que duele pero cura”, les dijo, donando equipos médicos en nombre del Vaticano.
El Grito del Puerto: Oración en las Ruinas de la Tragedia
El clímax emocional llegó esa misma mañana, cuando León XIV visitó el sitio de la explosión del puerto de Beirut, el 4 de agosto de 2020. Aquel estallido –el no nuclear más grande de la historia– mató a 236 personas, hirió a más de 7.000 y dejó una ciudad en ruinas. Ante los escombros aún visibles, el Papa descendió del papamóvil y depositó una corona de flores rojas, orando en silencio con los ojos cerrados. Luego, abrazó a familiares de las víctimas y sobrevivientes, que le entregaron fotos de los desaparecidos. “Cinco años después, la verdad sigue siendo una herida abierta. No los abandonaremos”, prometió, en un eco de su crítica a las injusticias globales.
La jornada cerró con una Misa multitudinaria en la costanera de Beirut, ante más de 150.000 fieles –la mayor asistencia de su pontificado hasta ahora–. Bailarines en trajes tradicionales interpretaron la dabke libanesa, y el Papa bendijo a la multitud desde un altar improvisado junto al mar. “La belleza de Líbano se oscurece por la pobreza, la inestabilidad y la violencia, pero en su diversidad radica su fuerza”, proclamó, renovando su llamado al cese de hostilidades en la región.
Despedida y Legado: Un Mensaje que Resuena Más Allá de las Fronteras
A las 13:48 hora local del 2 de diciembre, León XIV despegó de Beirut rumbo a Roma, aterrizando en Fiumicino a las 15:57. En su discurso de despedida, repasó los momentos clave y envió un telegrama al presidente Aoun: “Gratitud por la hospitalidad; oraciones por la paz, la unidad y la prosperidad de esta nación”. El viaje, que evitó el sur de Líbano por razones de seguridad, dejó un saldo de gestos inolvidables: desde el primer vuelo papal en un avión revisado por vulnerabilidades cibernéticas hasta regalos “americanos” como tartas de calabaza en el avión papal.
Este periplo no solo honró promesas de Francisco –quien soñaba con visitar Líbano–, sino que delineó el pontificado de León XIV: deliberado, inclusivo y centrado en la periferia. En un Medio Oriente donde la guerra en Gaza y Ucrania aún sangran, su presencia en Beirut fue un recordatorio: la fe no es abstracta; es un abrazo en las ruinas, un cedro plantado en tierra árida. Como él mismo dijo en el vuelo de regreso: “La paz no es ausencia de conflicto, sino la valentía de construirla juntos”. Líbano, herido pero indomable, ya espera su regreso. Y el mundo, un poco más, cree en milagros cotidianos.



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