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Nicmer Evans | De la patria del Libertador, el “Excremento del Diablo” y el nacionalismo chavista, al estado 51

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Venezuela atraviesa hoy la fase terminal de una crisis de identidad que comenzó mucho antes de la actual diáspora. Lo que hoy vemos —jóvenes viralizando el deseo de convertirnos en el estado 51 de los Estados Unidos a cambio de estabilidad— no es una simple ocurrencia digital; es el síntoma de una deconstrucción quirúrgica de la nación. Es el grito de un pueblo que, tras siglos de épica militarista y décadas de saqueo institucional, ha decidido que la soberanía no se come.

1. El pecado original: Una independencia sin instituciones

Nacimos de una contradicción. La lucha contra la Capitanía General no fue solo una gesta romántica, sino una reacción de la élite criolla ante la subordinación económica. Logramos la independencia política, pero heredamos una incapacidad crónica para administrar el territorio. Mientras liberábamos naciones hermanas, perdíamos la nuestra en laudos y reclamaciones que desnudaban nuestra debilidad diplomática.

Como bien señalaba el historiador Germán Carrera Damas, hemos vivido bajo el “culto a Bolívar”, una religión civil que sustituyó la construcción de ciudadanía por la veneración del héroe. Al no consolidar instituciones, nos quedamos con la espada, pero sin el mapa.

2. El espejismo de la “Venezuela Saudita” y la mejora de la raza

El boom petrolero de los años 70 instaló en el imaginario colectivo la idea de la “Venezuela Saudita”. La riqueza fácil no solo trajo tecnología, sino un complejo de inferioridad disfrazado de progreso. La frase de nuestras abuelas sobre “mejorar la raza” mediante la inmigración calificada revelaba una herida profunda: la creencia de que lo nuestro, por sí solo, no era suficiente.

El petróleo pasó de ser un recurso a ser un narcótico. Juan Pablo Pérez Alfonzo fue profético al llamarlo el “excremento del diablo”. Advirtió que nos hundiríamos en el despilfarro y la corrupción, destruyendo la cultura del trabajo. Tenía razón: el estado pasó a ser el repartidor de una renta, y el ciudadano, un eterno aspirante a su “gota de petróleo”.

3. El nacionalismo como arma de destrucción masiva

La llegada del chavismo exacerbó esta patología. Bajo un chauvinismo velado y un antiimperialismo de retórica, se nos vendió que éramos el “ombligo del mundo”. Se utilizó la bandera y el sentimiento patriótico para desmantelar la democracia por dentro.

Desde la psicología social, esto se conoce como identidad social compensatoria: a falta de calidad de vida, se le ofrece al individuo una épica de resistencia. Sin embargo, la prole política que sucedió al “comandante” terminó de degradar el mensaje. La soberanía se convirtió en el escudo de una cleptocracia que, en nombre de defender el suelo, expulsó a 8 millones de personas de él.

4. La disolución de la República y la tentación del “Pasaporte Azul”

Hoy llegamos al punto de quiebre. Ante una nación en ruinas, donde el sueldo se disuelve ante las tasas del BCV y la institucionalidad es un cadáver, la idea del “Estado 51” surge como una fantasía de alivio. No es una propuesta geopolítica real —el proceso de anexión a EE. UU. es jurídicamente casi imposible—, sino una proyección del trauma.

Cuando un joven prefiere la bandera de otro país por encima de la propia, no está siendo “traidor”, está demostrando que el Estado venezolano falló en su promesa básica de protección y futuro. Como afirma el psicólogo social Ignacio Martín-Baró, la desesperanza aprendida lleva a los pueblos a buscar soluciones externas ante la incapacidad de transformar su realidad interna.

El llamado: Más allá de los recursos, la gente

El problema de Venezuela no es el petróleo, ni será la solución el dólar per se. El problema es la ausencia de voluntad real para construir nación sin corrupción.

Si mañana fuésemos el estado 51, o si llegara un nuevo mesías, el vacío estructural persistiría si no entendemos que el valor de un país reside en su capital humano y en el respeto a la ley, no en lo que yace bajo el subsuelo.

Debemos pasar de la “República de los Héroes” a la “República de los Ciudadanos”. La reconstrucción no es económica, es moral y educativa. Si no aprendemos a valorar a la gente por encima del recurso, seguiremos siendo un territorio en subasta, esperando siempre por un salvador que, históricamente, termina convirtiéndose en nuestro carcelero.

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