
La historia oficial suele simplificar las independencias americanas como gestas heroicas puramente locales.
Sin embargo, si alejamos el zoom, lo que encontramos es una colosal partida de ajedrez geopolítico entre las dos superpotencias de la época:
Por un lado la Corona Española y la Corona Británica. Un juego de suma cero donde el enemigo de mi enemigo siempre fue mi amigo, y donde una deuda de honor se cobró con unas décadas de diferencia.
Acto I: El astuto golpe de Madrid en las Trece Colonias
En 1776, cuando las Trece Colonias decidieron rebelarse contra George III, el rey español Carlos III vio una oportunidad de oro.
No era por simpatía a los ideales republicanos e ilustrados de Washington o Jefferson —que, de hecho, aterrorizaban a una monarquía absolutista—, sino por pura y dura geopolítica: la oportunidad de debilitar al Imperio Británico tras la humillación de la Guerra de los Siete Años.
El apoyo de la Corona Española no fue marginal; fue decisivo:
Financiamiento encubierto: A través de la casa comercial Diego de Gardoqui e Hijos, España envió secretamente toneladas de pólvora, mosquetes, uniformes y millones de reales de plata para sostener al quebrado ejército continental.
Frente militar directo: España declaró la guerra a Gran Bretaña en 1779. La genialidad militar de Bernardo de Gálvez, gobernador de la Luisiana española, expulsó a los británicos del río Misisipi y de Florida tras la crucial Batalla de Pensacola con Francisco de Miranda(1781), impidiendo que los ingleses rodearan a las colonias rebeldes por el sur.
La estrategia funcionó. Las Trece Colonias lograron su independencia gracias, en gran medida, al oxígeno financiero y militar de Versalles y Madrid.
Pero Carlos III había sentado un precedente peligroso: apoyar la insurrección colonial de otros era una invitación a que hicieran lo mismo en su propio patio trasero.
Acto II: La respuesta de Londres y el tablero venezolano
La historia no se queda con las deudas sin cobrar.
A principios del siglo XIX, la invasión napoleónica dejó a España acéfala y vulnerable. Fue el momento idóneo para que el Imperio Británico devolviera el golpe, y el escenario principal de esta sutil venganza fue la Capitanía General de Venezuela.
Si bien la Corona Británica mantenía una fachada de neutralidad diplomática para no enemistarse abiertamente con una España aliada contra Napoleón, bajo la mesa la maquinaria de Londres operó a favor de Simón Bolívar:
La Legión Británica: Miles de veteranos de las guerras napoleónicas (ingleses, escoceses e irlandeses) desembarcaron en las costas venezolanas.
No eran simples mercenarios; contaban con el beneplácito tácito del gobierno británico. Su disciplina fue vital en batallas definitivas como Boyacá y Carabobo.
El refugio y la base logística: Jamaica y Trinidad (bajo control británico) sirvieron como santuarios para que los patriotas venezolanos se reorganizaran. Fue en Kingston donde Bolívar escribió su famosa Carta de Jamaica, un documento que buscaba, precisamente, llamar la atención y el apoyo formal de la opinión pública británica.
Financiación de la City de Londres
Los comerciantes y banqueros británicos otorgaron créditos millonarios para la compra de armamento, previendo que una Venezuela libre rompería el monopolio comercial español y abriría un nuevo y jugoso mercado para la Revolución Industrial inglesa.
Vista a través del lente de la Realpolitik, el apoyo español a los Estados Unidos y el apoyo británico a Venezuela no se trataron de la defensa de la “libertad”, sino de la demolición controlada del imperio rival y un dato no menos interesante fue la frustrada “Grande Expedición”, la flota jamás zarpó debido al célebre pronunciamiento militar (El Motín de Riego).
España ayudó a parir a la nación que, un siglo después, le arrebataría Cuba, Puerto Rico y Filipinas en 1898.
Gran Bretaña, por su parte, financió y apoyó el desmembramiento del Imperio Español en América, logrando por la vía económica y comercial lo que nunca pudo conquistar por las armas. En el gran teatro de la política internacional, la venganza es un plato que las coronas siempre prefirieron servir frío.



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