
En un anuncio que ha encendido alarmas entre economistas y ciudadanos por igual, el gobierno encargado de Venezuela, liderado por Delcy Rodríguez, confirmó la llegada de 300 millones de dólares procedentes de las ventas petroleras a Estados Unidos. Estos fondos, fruto de los acuerdos recientes con la administración Trump, representan una oportunidad histórica para reconstruir el país. Sin embargo, en diversas regiones ya resuenan convocatorias del PSUV para reactivar programas sociales como Mercal y PDVAL, que fueron archivados por su insostenibilidad, corrupción rampante y daño irreversible a la economía nacional. Aunque nacieron con buenas intenciones, estos programas se convirtieron en un símbolo de fracaso socialista.
¿Estamos condenados a repetir los errores del pasado?
Mercal, creado en 2003 durante el gobierno de Hugo Chávez, y PDVAL, lanzado en 2008 bajo Petróleos de Venezuela (PDVSA). Surgieron como respuesta a la escasez generada por las políticas intervencionistas. En una época de control estatal férreo, el gobierno impuso precios artificialmente bajos en alimentos básicos, una táctica socialista clásica que ha fallado en todo el mundo: desde la Unión Soviética hasta Cuba. En Venezuela, el resultado fue predecible: los productos desaparecieron de los estantes legales y reaparecieron en el mercado negro a precios exorbitantes. Según datos del Banco Mundial, la producción agrícola nacional cayó drásticamente. Pasó del 25% del PIB en 1998 a menos del 5% en 2018, mientras la inflación se disparaba.
Importación vs Producción nacional
Para sostener estos programas, el Estado recurrió a importaciones masivas de Colombia, Brasil, México e incluso Irán. El producto nacional no podía competir con precios subsidiados, lo que aceleró la desaparición de la industria local. Pero el verdadero veneno estaba en el sistema de divisas preferenciales (Cadivi y luego Cencoex), que generó un “negocio mafioso” de asignación de dólares a tasas ridículas. Esto dio origen a la “boliburguesía”: un grupo de empresarios y funcionarios que inflaban facturas y importaban alimentos de baja calidad, haciéndose pasar por premium. Transparencia Venezuela estima que entre 2004 y 2014, el fraude en importaciones de alimentos superó los 25.000 millones de dólares, con sobreprecios de hasta el 300% en contratos.
Escandalo de PuDreVAL
El escándalo más emblemático fue el de PDVAL en 2010, cuando se descubrieron más de 120.000 toneladas de alimentos descompuestos en 2.200 contenedores abandonados en puertos venezolanos. Según informes de la Asamblea Nacional opositora de la época, esto representaba una pérdida de al menos 2.500 millones de dólares en importaciones pagadas con petrodólares. Tres gerentes fueron arrestados, pero dos fueron liberados y reinstalados, evidenciando la impunidad. No solo causaron malnutrición masiva —millones de venezolanos consumieron productos caducados o de dudosa calidad—, sino que destruyeron la competencia leal. Emprendedores que intentaban importar por vías legales veían sus costos dispararse por transporte y aranceles, mientras el contrabando hacia Colombia florecía: era más rentable sacar la producción nacional y venderla allá a precios de mercado.

Colectivos de revendedores
A un nivel más oscuro, Mercal y PDVAL alimentaron redes de colectivos armados. Un porcentaje de los productos se desviaba a mafias que los recompraban a precios bajos, los reempaquetaban y los revendían en el negro o exportaban ilegalmente. Esto garantizaba la lealtad de estos grupos, siempre listos para reprimir disidencias que criticaran el negocio.
Las sanciones estadounidenses desde 2017 cortaron el flujo de divisas, dejando a estos programas sin sustento. Sin competencia desleal, los emprendedores regresaron: importaciones por carretera desde Colombia revivieron mercados locales, y la producción informal comenzó a recuperarse.
El retorno del zombie
Revivir Mercal y PDVAL ahora sería un error nefasto. Demuestra que sectores del oficialismo no han aprendido de la ruina: el colapso económico bajo Chávez y Maduro no fue por líderes individuales, sino por un modelo socialista fallido. Chávez conocía perfectamente los fracasos históricos del socialismo en el mundo, pero creyó que el si podría aplicarlo “bien”; Maduro, por su parte creyó que podía “corregir los errores”. ¿Delcy Rodríguez repetirá el ciclo?
¿Qué hacer con los recursos?
En lugar de subsidios insostenibles, esos 300 millones deberían invertirse en producción nacional: incentivos a agricultores, infraestructura y libre mercado. La oferta y demanda, no un burócrata en una oficina, deben fijar precios.
La transición actual es una ventana única para transitar a una economía libre, con mínima intervención estatal. No de un socialismo chavo-madurista a un socialismo “delcy-rodriguista”. Por el bien de Venezuela, esperamos que Delcy entienda: los venezolanos estamos dispuestos a ayudar en la reconstrucción, pero diremos lo que haga falta para no tropezar con la misma piedra. ¡El futuro no puede ser un regreso al pasado!



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