![]()
Rabat, Marruecos – 2 de octubre de 2025. Por quinto día consecutivo, las calles de Marruecos se han convertido en un campo de batalla simbólico y, en algunos casos, literal. Lo que comenzó como manifestaciones pacíficas de la generación Z contra la precariedad económica y el deterioro de los servicios públicos ha escalado hacia una revuelta popular que pone en jaque al régimen de Mohamed VI. Con al menos dos manifestantes fallecidos y denuncias generalizadas de represión policial con munición real, el movimiento GenZ212 –un colectivo juvenil descentralizado– ha logrado lo que pocos esperaban: cuestionar abiertamente la monarquía alauí, un pilar intocable de la sociedad marroquí durante décadas.
El detonante: 8 mujeres embarazadas murieron en un hospital público y se generó indignación colectiva
Todo empezó el 27 de septiembre en ciudades como Rabat, Casablanca, Marrakech, Agadir y Tánger. El trágico fallecimiento de ocho mujeres embarazadas en un hospital público de Agadir –atribuido a la mala calidad de un anestésico caducado– fue la chispa que encendió la pólvora. Este incidente expuso las grietas de un sistema de salud colapsado: hospitales sin recursos básicos, listas de espera interminables y una inversión pública que prioriza megaproyectos deportivos sobre la vida cotidiana.
Los jóvenes, que representan el 41% de la población menor de 25 años, no tardaron en alzar la voz. A través de redes sociales como TikTok, Discord e Instagram, el movimiento GenZ212 convocó protestas espontáneas con lemas que resuenan como un grito de auxilio: “¡Queremos hospitales, no estadios!” o “¡No queremos el Mundial; queremos sanidad!”. Estas consignas critican los miles de millones de dirhams destinados a la Copa Africana de Naciones 2025 y al Mundial 2030 –coorganizado con España y Portugal–, mientras el desempleo juvenil alcanza el 47% según el Banco Central de Marruecos.
Lo que inicialmente fue una demanda por reformas en sanidad y educación ha mutado en un clamor más profundo: fin a la corrupción, justicia social y, en algunos casos, el derrocamiento de la monarquía. “El pueblo quiere la caída de la corrupción”, se escucha en videos virales que evocan la Primavera Árabe de 2011. Bandera palestinas y kufiyas ondean en las manifestaciones, simbolizando también el rechazo a la normalización de relaciones con Israel en 2020, vista como una traición a la causa árabe.
Escalada a la violencia: Dos vidas segadas y cientos de heridos
La noche del 1 de octubre marcó un punto de no retorno. En Laqliaa, una pequeña localidad cerca de Agadir, un grupo de manifestantes intentó asaltar un cuartel de la Gendarmería Real para, según testigos, protestar contra la inacción policial. Las autoridades respondieron con fuego real: dos jóvenes murieron baleados, y varios resultaron heridos de gravedad. El Ministerio del Interior justificó los disparos como “legítima defensa” ante un “ataque armado con cuchillos y cócteles molotov” que amenazaba con saquear municiones y equipo policial.
Pero las imágenes que circulan en redes sociales cuentan otra historia. Videos grabados por manifestantes muestran furgonetas policiales atropellando a la multitud en Uxda y Salé, gases lacrimógenos ahogando barrios enteros, y agentes antidisturbios cargando con porras contra adolescentes desarmados. En Rabat, la histórica plaza Bab el Had fue escenario de detenciones masivas: más de 400 personas arrestadas desde el sábado, incluyendo menores, y cerca de 300 heridos –entre ellos 263 agentes, según cifras oficiales.
La Asociación Marroquí de Derechos Humanos (AMDH) ha documentado “detenciones arbitrarias y uso excesivo de la fuerza”, con juicios programados para el 7 de octubre. En Salé, jóvenes enmascarados incendiaron vehículos policiales y saquearon bancos, pero el movimiento GenZ212 ha insistido en mantener la protesta pacífica, criticando tanto la violencia esporádica como la “represión desproporcionada” del régimen.
Un régimen bajo asedio: ¿Reformas o represión?
El Palacio Real guarda silencio, pero el despliegue de militares alrededor de los palacios de Mohamed VI habla por sí solo. El primer ministro Aziz Akhannouch, en Nueva York ante la ONU, prometió “reformas” en salud y educación, pero las calles no esperan discursos. La oposición, como la Federación Democrática de Izquierdas (FDS), denuncia un “enfoque de seguridad excesivo” que ignora las raíces del malestar: un 47% de paro juvenil, corrupción endémica y una élite ligada a la monarquía que vive en opulencia mientras el resto se hunde en la pobreza.
Estos no son los hirak del Rif de 2016-2017, reprimidos con cientos de detenidos tras la muerte del vendedor ambulante Mouhcine Fikri. Esta vez, la generación Z –conectada y audaz– usa la tecnología para evadir la censura: lives en TikTok muestran la brutalidad policial en tiempo real, convirtiendo la represión en un boomerang contra el régimen. “Esto es solo el principio”, advierten en sus comunicados. Países vecinos como Nepal o Kenia han visto cambios gracias a protestas similares; en Marruecos, el rey Mohamed VI –que indultó a 700 presos por el nacimiento de Mahoma en septiembre– enfrenta su mayor desafío desde la Primavera Árabe.
¿Hacia una nueva era o más sangre?
Con manifestaciones extendidas a 17 provincias y la evacuación de la embajada israelí en Rabat por temor a escaladas, Marruecos camina sobre un polvorín. La comunidad internacional observa con cautela: aliados como EE.UU. y España, copartícipes del Mundial 2030, callan ante la represión para no tensionar relaciones. Pero en las calles, el eco de los cánticos es claro: la juventud no pide migajas, exige dignidad.
Si el régimen opta por más balas en lugar de reformas, la revuelta podría engullir al país. Por ahora, las vidas de esos dos jóvenes baleados en Laqliaa no serán en vano: han encendido una llama que ilumina las desigualdades de un reino en decadencia. Marruecos, el puente entre África y Europa, podría estar al borde de un cambio histórico –o de una tragedia mayor.


Por
Por

Por






