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24 de noviembre de 2025.- En un movimiento que ha sacudido las relaciones hemisféricas, el gobierno de Estados Unidos, bajo la administración Trump, ha designado formalmente al presidente venezolano Nicolás Maduro y a sus aliados clave como miembros de una organización terrorista extranjera. No se trata de una acusación aislada, sino de la elevación del “Cartel de los Soles” –una red criminal incrustada en las estructuras del Estado venezolano, supuestamente dirigida por Maduro– a la categoría de Organización Terrorista Extranjera (FTO, por sus siglas en inglés). Esta designación, efectiva a partir de hoy, no es solo un golpe diplomático; desde la perspectiva de una operación militar, representa un umbral crítico que podría redefinir las reglas de confrontación en América Latina.
¿Qué significa esta designación en términos militares?
Desde el punto de vista de una operación militar estadounidense, etiquetar a Maduro como jefe de una FTO no es mera retórica. Bajo la ley estadounidense –específicamente la Ley de Inmigración y Nacionalidad (INA)– esta clasificación habilita una serie de acciones que, en contextos anteriores, requerirían una declaración formal de guerra o aprobación congressional extensa. Imagínese un tablero de ajedrez donde las piezas se mueven con mayor libertad: ahora, el Departamento de Defensa de EE.UU. puede justificar intervenciones directas contra miembros designados sin el lastre de debates políticos prolongados.
En primer lugar, permite operaciones de contraterrorismo letales. Esto incluye ataques con drones, operaciones especiales o incluso strikes quirúrgicos contra objetivos de alto valor, como Maduro o sus lugartenientes, siempre que se argumente que representan una amenaza inminente a la seguridad nacional. Históricamente, esta autoridad se ha invocado en lugares como Pakistán o Yemen contra Al-Qaeda; en Venezuela, podría traducirse en vigilancia intensificada por parte de la CIA y el Comando Sur (SOUTHCOM), con potencial para acciones encubiertas en territorio hostil.
No hablamos de una invasión a gran escala –al estilo de Irak 2003–, sino de “cirugía” militar: eliminar nodos clave en la red del Cartel de los Soles, que Washington acusa de traficar drogas y financiar el régimen con miles de millones de dólares.
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En segundo lugar, la designación abre la puerta a apoyo material a fuerzas opositoras. Bajo la misma ley, EEUU puede proporcionar armas, entrenamiento y inteligencia a grupos rebeldes o disidentes venezolanos sin violar normativas contra el financiamiento de insurgencias. Esto podría revitalizar facciones opositoras internas o exiliadas, convirtiendo el conflicto en una guerra asimétrica donde el régimen de Maduro enfrenta no solo sanciones económicas, sino un flujo constante de recursos para sus enemigos. En términos operativos, esto implica un aumento en misiones de logística encubierta, posiblemente a través de aliados regionales como Colombia o Guyana, para evitar una escalada frontal.
Finalmente, desde una perspectiva estratégica, esta movida fortalece la postura disuasoria de EEUU en el hemisferio. El Cartel de los Soles, descrito por el Departamento de Estado como una “entidad criminal dirigida por Maduro” involucrada en narcotráfico y lavado de dinero, ahora comparte lista con grupos como Hezbollah o ISIS.
Esto no solo justifica un despliegue naval o aéreo más agresivo en el Caribe –piense en portaaviones patrullando rutas de narcotráfico–, sino que también permite la congelación inmediata de activos globales, cortando financiamiento que podría usarse para armamento o alianzas con potencias como Rusia e Irán.
¿Cómo cambia esto las Tensiones entre Washington y Caracas?
La designación no surge en el vacío; llega en un momento de fricciones crecientes, exacerbadas por disputas territoriales en el Esequibo, elecciones controvertidas en Venezuela y el flujo incesante de migrantes hacia la frontera sur de EE.UU. Antes de hoy, las tensiones se limitaban mayoritariamente a sanciones económicas y retórica incendiaria: Maduro tildaba a EE.UU. de “imperialista”, mientras Washington respondía con bloqueos financieros. Pero esta etiqueta terrorista eleva el juego a un nivel de confrontación híbrida, donde lo diplomático se entreteje con lo paramilitar.
En el corto plazo, esperamos una escalada retórica y diplomática explosiva. Maduro ya ha prometido “represalias asimétricas”, posiblemente intensificando ciberataques contra infraestructuras estadounidenses o acelerando envíos de armas a aliados anti-yanquis en la región.
Las opciones de Maduro
Venezuela podría buscar refugio en foros como la ONU o la OEA, acusando a EEUU de “terrorismo de Estado”, mientras fortalece lazos con Moscú –que ya ha desplegado bombarderos en Caracas– y Pekín, potencialmente importando tecnología de defensa para contrarrestar drones estadounidenses.
A mediano plazo, las tensiones podrían manifestarse en incidentes fronterizos o proxy wars. Con la designación, EE.UU. podría aumentar su apoyo a Guyana en la disputa por el Esequibo, incluyendo ejercicios militares conjuntos que rocen las aguas venezolanas. Esto no garantiza una guerra abierta –ni Trump ni Maduro parecen ansiosos por un conflicto total, dado el costo humano y económico–, pero sí incrementa el riesgo de errores de cálculo: un derribo accidental de un dron o un choque naval podría encender una crisis regional.
En el panorama más amplio, esta movida polariza aún más a América Latina. Países como Brasil y México, ya cautelosos con intervenciones yankis, podrían distanciarse de Washington, mientras Colombia –aliada clave– se ve presionada a hospedar operaciones encubiertas. Para Venezuela, el aislamiento se profundiza: el Cartel de los Soles, ahora un paria global, pierde socios comerciales y ve sus rutas de droga expuestas a intercepciones navales estadounidenses.
El riesgo de un Punto de No retorno
En resumen, declarar a Maduro jefe de una FTO no es solo un castigo simbólico; es una autorización militar para una guerra en las sombras, donde las líneas entre crimen organizado, terrorismo y política estatal se difuminan. Las tensiones entre EEUU y Venezuela, ya al rojo vivo, ahora hierven a presión: lo que antes era un pulso económico podría derivar en choques armados limitados, con ramificaciones para la estabilidad hemisférica. ¿Llevará esto a la caída de Maduro o a una alianza más férrea con adversarios de Washington? Solo el tiempo –y quizás un dron– lo dirá. Por ahora, el Caribe contiene la respiración, esperando el próximo movimiento en este tablero de alto riesgo.


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