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8 de diciembre de 2025.- Washington, EEUU – Imagina llegar a Marte no con un camión de ladrillos, sino con un puñado de bacterias terrestres que, al despertar en el suelo rojo del planeta, comiencen a “crecer” tu nuevo hogar. Suena a ciencia ficción, pero la NASA está invirtiendo en esta idea revolucionaria: usar microorganismos para transformar el polvo marciano en materiales de construcción sólidos y sostenibles. Un nuevo estudio de investigadores italianos, respaldado por datos de la NASA y financiado indirectamente a través de programas innovadores, propone un “duo dinámico” de bacterias que podría hacer viable la colonización humana en el Planeta Rojo, eliminando la necesidad de transportar toneladas de cemento desde la Tierra. Esta biotecnología no solo resuelve un rompecabezas logístico, sino que abre la puerta a hábitats autónomos en entornos hostiles.
El desafío de construir en marte: Polvo, radiación y costos prohibidos
Marte es un mundo inhóspito: temperaturas que oscilan entre -90°C y 26°C, una atmósfera delgada rica en dióxido de carbono con menos del 1% de la presión terrestre, y una radiación cósmica constante que hace que cualquier refugio sea una prioridad vital. Transportar materiales de construcción desde la Tierra es un lujo inalcanzable: el costo por kilogramo supera los 10.000 dólares, y una sola casa requeriría miles de toneladas. La solución radica en la Utilización de Recursos In Situ (ISRU, por sus siglas en inglés): aprovechar lo que Marte ofrece, como su regolith –una mezcla de polvo, arena y rocas similar a un cemento suelto pero sin cohesión.
Datos recolectados por el rover Perseverance de la NASA en el cráter Jezero –un antiguo lecho de río que podría albergar rastros de vida primordial– han sido clave. Estos análisis revelan la composición del regolith: rico en silicatos, pero pobre en calcio, lo que complica métodos tradicionales como el hormigonado. Aquí entra la biomineralización: un proceso natural donde microorganismos producen minerales a través de su metabolismo, moldeando paisajes terrestres desde hace miles de millones de años. Bacterias, hongos y microalgas que sobreviven en lagos ácidos, suelos volcánicos o cuevas profundas son los candidatos ideales para adaptarse al “extremo” marciano.
El “Duo dinámico”: Bacterias que construyen y respiran
El estudio, publicado en Frontiers in Microbiology por científicos de la Universidad Politécnica de Milán, propone un sistema simbiótico de dos bacterias terrestres: Sporosarcina pasteurii y Chroococcidiopsis. La primera es una bacteria ureolítica –capaz de descomponer urea (un compuesto abundante en la orina humana)– para precipitar carbonato de calcio, actuando como un “pegamento natural” que une partículas de regolith en bloques sólidos, resistentes como el hormigón. La segunda, una cianobacteria fotosintética extremófila, fija CO2 de la atmósfera marciana y genera oxígeno, creando un microambiente favorable y contribuyendo a sistemas de soporte vital para astronautas.
“Estas bacterias no solo construyen; sostienen la vida”, explica la Dra. Shiva Khoshtinat, investigadora principal del equipo italiano. En experimentos terrestres simulando condiciones marcianas –baja presión, frío extremo y radiación–, el dúo ha producido materiales con una resistencia superior a los métodos convencionales, como la sinterización térmica (que funde el polvo con láseres, pero consume energía masiva). Además, los subproductos –como el amoníaco de S. pasteurii– podrían fertilizar cultivos hidropónicos en hábitats cerrados, cerrando un ciclo ecológico.
La NASA, a través de su programa NIAC (Innovative Advanced Concepts), ha financiado conceptos similares desde 2023, incluyendo un sistema de “liquen sintético” desarrollado por la Universidad Texas A&M, que combina hongos y cianobacterias para “imprimir en 3D” estructuras autónomas. En pruebas, estos “ladrillos vivos” se expanden sin intervención humana, protegiendo contra la radiación y aislando térmicamente mejor que el metal prefabricado.
De la Teoría a la Práctica: Pruebas en la Tierra y el camino a Marte
Aunque el estudio italiano es el más reciente (diciembre 2025), la idea no es nueva. En 2022, investigadores propusieron “ladrillos espaciales” mezclando regolith simulado, urea y bacterias, logrando bloques con un 300% más de fuerza que el concreto estándar. La NASA ya explora variaciones: en su Desafío de Hábitats Impresos en 3D, equipos como AI SpaceFactory ganaron con diseños que integran micelio fúngico para “crecer” domos como hongos gigantes.
Los desafíos persisten. La protección planetaria de la NASA exige que las bacterias no contaminen Marte, potencialmente enmascarando evidencias de vida nativa –un riesgo real, dado que Perseverance ha detectado moléculas orgánicas en rocas de 3.000 millones de años. Soluciones incluyen cepas genéticamente modificadas que se “apaguen” tras su uso, o contenedores sellados para el proceso. Otro obstáculo: la baja disponibilidad de calcio en el regolith, que se resuelve extrayéndolo de sales marcianas o incluso de la orina de la tripulación, como sugiere un estudio de ZME Science.
Pruebas en la Estación Espacial Internacional (ISS) han validado la supervivencia de Chroococcidiopsis en el vacío espacial durante meses, y misiones futuras como Artemis (preparando la Luna como “banco de pruebas”) integrarán estos bioprocesos. Para 2030, la NASA planea prototipos en el desierto de Atacama, simulacro marciano, con el objetivo de desplegarlos en la misión Artemis III o la primera tripulación humana a Marte en la década de 2030.
Implicaciones: Un Salto para la humanidad, beneficios para la Tierra
Esta tecnología no solo acelera la colonización marciana –reduciendo costos en un 90% y permitiendo hábitats escalables–, sino que inspira soluciones terrestres. En regiones áridas o post-desastre, como zonas sísmicas o costeras erosionadas, estos “biocementos” podrían reforzar suelos sin emisiones de CO2, a diferencia del cemento tradicional. “De Marte a la Tierra: la biomineralización podría restaurar monumentos o estabilizar dunas en el Sáhara”, afirma Khoshtinat.
Mientras Perseverance excava en Jezero Cráter –posible cuna de vida antigua–, estas bacterias terrestres podrían sembrar la semilla de una nueva era. La NASA lo ve claro: el futuro de la exploración espacial no se construye; se cultiva.


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