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Londres, 1968 (actualizado en 2025) – En una época en que los desafíos extremos capturaban la imaginación del público, el irlandés Michael “Mick” Meaney, un obrero de 33 años originario de Tipperary, decidió enterrarse voluntariamente en un ataúd durante 61 días para batir un récord mundial y alcanzar la fama y la fortuna. Lo que comenzó como un espectáculo mediático terminó en decepción, y su historia ha resurgido recientemente gracias a un documental que revive este increíble feat de resistencia humana.
Meaney, desempleado y con sueños de grandeza frustrados –había aspirado a ser boxeador profesional hasta que un accidente laboral lo dejó atrapado bajo escombros–, se inspiró en la moda de los “artistas del entierro” de los años 60. Su rival principal era el estadounidense Bill White, quien ostentaba el récord con 55 días bajo tierra.
El desafío: Vida bajo tierra
El 21 de febrero de 1968, en el barrio irlandés de Kilburn, Londres, Meaney fue colocado en un ataúd reforzado y ligeramente más grande que uno estándar (aproximadamente 1,90 m de largo, 76 cm de ancho y 61 cm de alto). El féretro estaba equipado con tubos para ventilación, comunicación y suministro de comida y agua. Un balde servía como inodoro, y una pequeña bombilla proporcionaba luz.
Enterrado a dos metros de profundidad en un terreno prestado, Meaney estableció una rutina: despertaba a las 7:00, hacía ejercicios limitados, leía periódicos y libros, y conversaba por teléfono con visitantes famosos como el boxeador Henry Cooper. Recibía carne enlatada, pan, agua y cigarrillos. “Nunca olvidaré el momento en que la tapa se cerró. Sentí que cruzaba un umbral”, recordaría después.
El promotor, Michael “Butty” Sugrue, un exartista de circo convertido en dueño de pub, organizó el evento como un gran espectáculo, con un “velorio” público en el Admiral Lord Nelson.
La “resurrección” y el final agridulce
El 22 de abril de 1968, tras exactamente 61 días, el ataúd fue exhumado ante multitudes y cámaras. Meaney emergió barbado, con gafas de sol para proteger sus ojos, y declaró: “Me gustaría seguir otros cien días”. Había superado el récord, pero un rival estadounidense lo eclipsó poco después con 62 días.
A pesar de las promesas de giras mundiales, contratos publicitarios (como uno supuestamente con Gillette) y riqueza, Meaney no ganó un penique. Regresó a Irlanda pobre, con su reputación dañada por disputas sobre la validez del récord (no fue homologado por Guinness por falta de supervisión oficial). Falleció en 2003, y en su funeral, el sacerdote comentó: “Nunca he enterrado a alguien que ya había sido enterrado antes”.
En 2025, el documental Beo Faoin bhFód (Enterrado Vivo), emitido en TG4 y presentado en festivales, revive su historia con imágenes de archivo y testimonios de su hija Mary, quien reflexiona sobre las promesas incumplidas y el impacto en la familia.
Esta hazaña, mezcla de valentía y desesperación, recuerda los límites de la resistencia humana y cómo la búsqueda de fama puede terminar en olvido… hasta que una nueva generación la rescata del pasado.


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