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El artículo del New York Times titulado “El enfoque agresivo de Hegseth, y sus equivocaciones, podrían ser un problema para Trump” pone el dedo en la llaga de una administración que prometía “América Primero” pero que ahora se ve envuelta en controversias éticas y legales que podrían erosionar su base de apoyo. Escrito por los veteranos reporteros David E. Sanger y Helene Cooper, el texto desglosa cómo el secretario de Defensa, Pete Hegseth –un ex presentador de Fox News convertido en figura controvertida–, ha transformado una política de contención contra el narcotráfico en una potencial crisis de guerra. A medida que las investigaciones sobre los ataques aéreos en aguas venezolanas se multiplican, el enfoque de “no tomar prisioneros ni dejar sobrevivientes” de Hegseth no solo cuestiona la legalidad de estas acciones, sino que amenaza con fracturar la cohesión republicana y el legado de Donald Trump.
El trasfondo de un liderazgo caótico
Desde su confirmación en el Senado a inicios de 2025, Hegseth ha sido un polvorín político. Sobrevivió por un voto de desempate del vicepresidente JD Vance, en una votación donde tres senadores republicanos se unieron a la oposición demócrata. Pero los escándalos no cesaron: el filtrado de planes de batalla clasificados en un chat de Signal, que él atribuyó a la prensa, llevó a expulsiones de periodistas del Pentágono y demandas de lealtad que ni siquiera Fox News –su antiguo empleador– respaldó. Estos episodios, detallados en el artículo del Times, pintan a Hegseth no como un estratega impecable, sino como un líder impulsivo cuya retórica de “restaurar la letalidad” choca con la realidad operativa del Departamento de Defensa.
El clímax llega con los strikes en Venezuela. Desde hace tres meses, la administración Trump ha intensificado operaciones contra lanchas rápidas sospechosas de narcotráfico, matando a decenas de personas en aguas internacionales. Anteriormente, bajo la misma administración, la Guardia Costera interceptaba y arrestaba; ahora, bajo Hegseth, la directriz es letal: destruir embarcaciones y eliminar amenazas sin cuartel. El Times cita a eruditos legales que concluyen que estos ataques son “probablemente ilegales”, ya que los narcos, por más criminales que sean, son civiles y no combatientes legítimos bajo el derecho internacional.
Esta escalada, justificada por Hegseth como una cruzada contra “narco-terroristas afiliados a organizaciones terroristas designadas”, ignora precedentes como las intercepciones no letales de la era Trump I.
Trump se distancia: ¿Estrategia o debilidad?
Uno de los puntos más incisivos del análisis del Times es la reacción de Trump. En un vuelo a bordo del Air Force One, el presidente se desmarcó sutilmente: “Pete dijo que no ordenó la muerte de esos dos hombres. Le creo, al 100 por ciento”, afirmó, pero añadió: “Yo no habría querido eso. Ni un segundo ataque”. Esta declaración, que suena a apoyo condicional, revela las grietas en la lealtad trumpista. Trump, maestro en el arte de la negación plausible, parece preparar el terreno para un posible relevo si la presión aumenta. Recordemos que, durante la confirmación de Hegseth, Trump consideró ofrecer el puesto al gobernador Ron DeSantis, según reportes previos del Times.
La ausencia de respaldo del equipo de seguridad nacional de Trump agrava el panorama. Figuras como el general Michael Erik Kurilla o el secretario del Ejército Daniel Driscoll han asumido roles clave en operaciones sensibles –desde strikes en Irán hasta negociaciones en Ucrania–, marginando a Hegseth. Su obsesión con Venezuela, un país con apenas 125.000 tropas y escasa capacidad naval, contrasta con el silencio sobre amenazas mayores como China, priorizada en las doctrinas del Pentágono. ¿Es esto una distracción calculada o un error estratégico que diluye el enfoque “América Primero”?
Reacciones republicanas: De la defensa a la exigencia
El artículo destaca un giro preocupante: incluso aliados republicanos exigen respuestas. Senadores como Roger Wicker (R-Mississippi), presidente del Comité de Fuerzas Armadas, y Jack Reed (D-Rhode Island), su contraparte demócrata, han iniciado “indagaciones vigorosas” sobre los strikes del 2 de septiembre. Wicker, quien previamente tildó de “error de novato” las declaraciones pro-rusas de Hegseth en Europa, ahora lidera el escrutinio bipartidista. Esta fisura en la base GOP –tradicionalmente leal a Trump– podría costar caro en un Congreso dividido.
La respuesta de Hegseth no ayuda: un meme en redes sociales mostrando a Franklin, la tortuga de un libro infantil, disparando cohetes desde un helicóptero, con el pie de foto “Para tu lista de deseos de Navidad”. La backlash fue inmediata, incluso de conservadores: “Eso no es cristiano, es sed de sangre”, tuiteó un usuario.
En lugar de negar explícitamente las órdenes letales, Hegseth arremetió contra “fake news” y prometió: “Solo hemos comenzado a matar narco-terroristas”. Esta retórica, que evoca la era de la “guerra contra las drogas” de Reagan pero sin sus safeguards legales, aliena a moderados y expone vulnerabilidades éticas.
El senador Mark Kelly (D-Arizona), piloto naval retirado, encarna esta resistencia: en “Meet the Press”, reiteró que los militares deben desobedecer órdenes ilegales, como matar civiles. Trump lo llamó “traidor” y Hegseth amenazó con corte marcial, una escalada que Kelly descartó como “ridícula”. Este intercambio subraya un dilema mayor: ¿hasta dónde llega la obediencia en una administración que prioriza la lealtad sobre la ley?
Implicaciones más amplias: ¿Un punto de inflexión para la política exterior de Trump?
El caso Hegseth no es aislado; es sintomático de un Pentágono renombrado jocosamente como “Departamento de Guerra” por el propio secretario.
Sus metidas de pata –invitar a Elon Musk a briefings clasificados sobre China, filtrar secuencias de vuelo en Yemen– han creado un “caos sin precedentes”, según el Times. En un año marcado por strikes en Irán y presiones en Ucrania, Venezuela emerge como el frente doméstico: un recordatorio de que la agresividad sin estrategia puede volverse contra el jefe.
Para Trump, el riesgo es doble. Políticamente, erosiona su imagen de “duro pero justo”; legalmente, invita a investigaciones que podrían escalar a la Corte Internacional o demandas internas. Si los strikes se declaran crímenes de guerra, no solo Hegseth cae: la cadena de mando apunta al presidente. Internacionalmente, tensa relaciones con aliados europeos, ya irritados por el flirteo con Rusia, y fortalece narrativas antiimperialistas en América Latina.
En conclusión, el artículo de Sanger y Cooper no es solo crónica; es un veredicto preliminar sobre un liderazgo que confunde bravura con imprudencia. Hegseth, con su meme y su mantra letal, encarna el exceso trumpista, pero también su vulnerabilidad: en política, como en combate, el exceso de agresividad deja flancos expuestos. Si Trump no actúa, este “problema” podría convertirse en crisis, recordándonos que incluso los más audaces tropiezan con sus propias equivocaciones. ¿Sobrevivirá Hegseth al escrutinio? Solo el tiempo –y quizás un nuevo meme– lo dirá.


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