Martha Cambero | "La vida es bella": Regresar a Tiraya a los 49 años

Martha Cambero | “La vida es bella”: Regresar a Tiraya a los 49 años

Loading

Un recorrido conmovedor por Tiraya revela el contraste entre el abandono institucional y la dignidad incansable de su gente, demostrando que la fe en Venezuela sigue viva en cada rincón.

Ubicada en el municipio Falcón, en la costa oriental de Paraguaná, Tiraya es un rincón donde la tierra parece respirar al ritmo del viento constante, entre cujíes, cardones y la impactante cercanía con las salinas de Las Cumaraguas. Pero lo que verdaderamente le da alma a este pedazo de costa es el origen de su gente: una mezcla profunda y hermosa donde la herencia ancestral de los indígenas caquetíos se entrelazaron con el mestizaje de las Antillas Holandesas.

Por siglos, el ir y venir de embarcaciones entre estas playas y las islas de Aruba, Curazao y Bonaire dejaron una huella imborrable en los apellidos, los rostros y las costumbres de familias pesqueras que aprendieron a mirar el mar Caribe no como una frontera, sino como su propio hogar.

Para mí, Tiraya no es solo un punto de referencia geográfica; es el lugar donde el mar se abraza con el viento y donde transcurrió una parte inolvidable de las vacaciones de mi infancia.

Pasaron 18 largos años sin pisar esta orilla. No volví porque primero se impusieron los estudios, luego las exigencias del trabajo, después las responsabilidades del día a día y, finalmente, la llegada de la familia. La vida fue empujando los recuerdos al fondo de la memoria.

Pero hoy, a los 49 años, por fin regresé en un viaje familiar junto a mi esposo, mi hijo y mi tía. Fueron diez largas horas de carretera desde Caracas, movidos por la ilusión de mostrarles ese pedazo de mi historia infantil y volver a sentir el crujir de la arena bajo los pies.

Al llegar, el impacto aprieta el pecho. Tiraya parece a primera vista un pueblo desértico, marcado por el abandono institucional y la erosión del tiempo. Muchas de las casas que en mi niñez estaban llenas de risas ya no existen, reducidas a ruinas o borradas por la brisa marina; las que quedan en pie muestran las cicatrices del deterioro, tal y como las tiene cada rincón de mi país. Me enteré de que el pueblo suma 17 años sin servicio de agua por tubería y que vivir a oscuras por los fallos de electricidad es la costumbre cotidiana.

Caminar por la orilla de la playa me enfrentó también a una realidad dolorosa: gran parte de la costa está invadida por plásticos y desechos que traen las corrientes marinas, una huella triste de los tiempos que corren. Sin embargo, justo allí, frente al mar, la dignidad humana se abre paso con una belleza callada. Me llenó el alma ver el emprendimiento de Álvaro y Mary: sus alegres toldos de colores le devuelven la vida a la playa. Ellos no solo atienden a los turistas con un cariño que reconforta, sino que día a día se toman el trabajo de limpiar la orilla, cuidando con sus propias manos el pedazo de tierra que aman.

Al preguntar por aquellos chamos con los que correteaba de niña —hoy todos adultos contemporáneos, con canas, responsabilidades y familias propias, al igual que yo—, la respuesta fue la diáspora. Mi generación se dispersó por el mapa; la mayoría vive en Estados Unidos, Chile, Perú o en otras ciudades de Venezuela. Pero ver que los que se quedaron, como Álvaro y Mary, no se rindieron y levantaron sus proyectos a pulso, le devuelve a uno la fe.

Entre sus calles de arena me crucé con una historia que me conmovió profundamente: la casa de un señor a quien conocí de niña. Aquella vivienda, que en sus años mozos fue bellísima, cayó en el abandono tras su muerte. Hoy pertenece a Alessandro, un italo-colombiano ahora arraigado como un tirayero más. La vida de Alessandro lleva a cuestas la marca de la injusticia: fue preso político por volar un dron en la península, donde su cara de musiú sirvió para que el régimen armara otra de sus novelas de “terroristas”.

A pesar de semejante arbitrariedad, Alessandro conserva una visión enorme, unas ganas gigantescas de vivir y un amor tan profundo por mi país que contagia. Pero lo que me dejó sin aliento fue ver colgada en su casa una tabla de madera labrada con una frase: “La vida es bella”. Que un hombre que atravesó la sombra de la prisión y el atropello mantenga ese letrero a la entrada de su hogar, en medio de la nada, es una bofetada de luz y de dignidad. Verlo apostando por rescatar un pedazo de nuestro pasado me recordó de qué estamos hechos.

Tiraya tiene esa fuerza invisible que ninguna crisis ha podido apagar: la calidez de su gente. Allí recibí regalos que no tienen precio: saborear un pescado frito sacado directo del mar, la auténtica arepa pelada y un excelente debudeque. Al partir ese dulce tradicional de Paraguaná por mi cumpleaños, pedí un solo y único deseo desde lo más profundo del alma: que pronto nuestro país tenga oportunidades para TODOS.

La pasamos increíblemente bien. No puedo cerrar esta crónica sin expresar mi más profundo agradecimiento a quienes nos recibieron con los brazos abiertos y el calor de un hogar: a Francisca, Álvaro, Mary, Albany, Almary, al pequeño Dilan, a Wiche, Cayiyo y César.

Regresar a Tiraya me recordó que amar a Venezuela no es amar una idea abstracta ni una postal perfecta; es amar sus dolores y sus milagros a la vez. Es atreverse a mirar de frente las cicatrices del abandono, la orilla herida por el plástico o la oscuridad del apagón, y aun así dejarse conmover por la luz obstinada que emana de su gente.

Por eso, los invito a recorrer nuestra tierra hacia adentro, a adentrarse en los caminos que no salen en las guías turísticas. Vayan a estos rincones olvidados, pisen sus calles de arena, escuchen las historias de quienes resisten con una sonrisa y dejen que el calor de pueblos como Tiraya les recuerde quiénes somos. Apoyemos sus emprendimientos, abracemos sus contrastes y descubramos que, incluso entre las ruinas y la nostalgia, el alma de Venezuela sigue viva en la ternura de su pueblo.Y que, como escribió Alessandro en su pedazo de madera frente al mar, a pesar de las sombras, la vida sigue siendo bella.

Danos tu opinión sobre el tema en nuestro foro de DEBATES de Telegram:

Síguenos en: Twitter, Instagram, Facebook y YouTube

Image Not Found

Artículos relacionados

Sebastiana Barráez | Peritaje militar expuso ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos el uso ilegal de la fuerza en Venezuela

Ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, un peritaje militar reveló que la Guardia Nacional de Venezuela actuó…

ByPorSebastiana Barraez Oct 17, 2026

El OVP denuncia extorsión a reclusos para financiar infraestructuras en cárceles

El OVP denuncia que autoridades exigen hasta 100 dólares a familias de presos para reparar las instalaciones en…

ByPorAstrid Sulbaran Oct 15, 2026

Según Ricardo Ríos el 72 % apoya la dolarización y rechaza el acuerdo petrolero

El analista Ricardo Ríos reveló que la ciudadanía rechaza un gran acuerdo petrolero si el actual gobierno sigue…

ByPorAstrid Sulbaran Oct 15, 2026

Antonia Muñoz | La falta de continuidad administrativa y de mantenimiento: Dos formas de corrupción que pasan desapercibidas

La falta de continuidad administrativa y el abandono de la infraestructura pública constituyen formas invisibles de corrupción. Analizamos…

ByPorPrensa Punto Oct 15, 2026
  • Inicio
  • Opinión
  • Martha Cambero | “La vida es bella”: Regresar a Tiraya a los 49 años