
Durante años, la oposición venezolana gritó: «El cielo se cae», «El rey está desnudo», «Hay corrupción», «El modelo no sirve», «Perdimos la soberanía». Como resultado de ese ejercicio ciudadano, los opositores pagamos persecución, exilio, cárcel, tortura, violación, muerte y desaparición. Y como corona de todo ello, hemos cargado con el descrédito, acusados de ser coautores del desastre perfecto causado por el régimen.
Salas Römer, Rosales, Capriles, Leopoldo, Guaidó, Edmundo y Machado. Todos ellos, en mayor o menor medida, han sido acusados de coautores de la debacle. Como si alguno de ellos hubiera creado 32 ministerios, expropiado las principales empresas productivas, robado a los inversionistas extranjeros, convertido a la FANB en el «Cartel de los Soles» o entregado la soberanía al consorcio de saqueo que conformaron Cuba, China, Rusia e Irán.
Los opositores no controlamos el BCV para convertir al bolívar en un billete de monopolio. No construimos edificios con paredes de anime. Ni reconstruimos Vargas. No gestionamos mal aquella tragedia para luego presentarnos como héroes. Los opositores hemos sido duros críticos de las gestiones de Chávez, Maduro y Delcy, así que no se nos puede declarar coautores del desastre. A este fango, a esta tierra de desgracias que hoy es Venezuela, nos trajo única y exclusivamente el PSUV y sus aliados camaleónicos.
Las escenas de ciudadanos rechazando a líderes y activistas de la oposición en medio de la reciente tragedia me generan una profunda indignación. Es perfectamente comprensible la rabia, el dolor y la absoluta frustración de quien lo ha perdido todo y se siente abandonado a su suerte; pero errar el blanco del reclamo no ayuda a nadie. El enemigo no es el activista que te acerca un plato de comida o una ayuda vistiendo su camisa partidista.
Porque cuando a nosotros nos llevaba el SEBIN por denunciar que los edificios de la Gran Misión Vivienda eran una trampa mortal, ninguno de esos hoy indignados salió a la calle a decir: «No se los lleven».
Ahora, frente a la emergencia, ¿le vas a decir al militante «No te quiero aquí porque eres corresponsable»? ¿Le vas a exigir que no use la camisa de una organización que lleva décadas luchando contra la dictadura? ¿Le vas a gritar que «no politice» la ayuda?
Es tiempo de madurar. Todo es político. Todos somos políticos. Ahora más que nunca necesitamos que los partidos den la cara, que se pongan sus camisas y que digan con orgullo: «Tenemos una propuesta para un nuevo país, con un nuevo modelo». Una propuesta que llevamos 30 años defendiendo y por la cual muchos compañeros perdieron la vida.
Yo soy político. Y sí, politizo. Porque soy un ciudadano que cumple con su deber de intervenir en las decisiones que afectan el destino de mi país.



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